2013/07/21

DEIA: Magreo, tetas y kalimotxo

Agresiones sexuales en las fiestas de Euskal Herria

Imagen del último txupinazo de San Fermín en la plaza del Ayuntamiento.
Imagen del último txupinazo de San Fermín en la plaza del Ayuntamiento. (AFP)

Bilbao. El magreo colectivo a mujeres con la ropa hecha guiñapos y los pechos al aire en San Fermín ha reabierto el debate sobre las agresiones sexistas en el contexto de las fiestas. Las imágenes de los tocamientos en masa sucedidos durante el txupinazo de Iruñea han dado la vuelta al mundo y su impacto se ha multiplicado a través de la red, que ha servido de plataforma de vídeos no menos escabrosos. Para Emilia Laura Arias, experta en género, estas imágenes "merecen una reflexión muy profunda sobre el concepto de legitimación de las agresiones sexistas en las fiestas populares, que además se amplifican no desde una perspectiva crítica, sino como diciendo: ¡Mira qué fiestorro!".
Desde su punto de vista, los medios de comunicación deberían tratar "con cierta cautela" estas instantáneas, versión postmoderna y kalimotxera del Rapto de las Sabinas: "No pueden mostrarse como una bacanal porque, muchas veces, puede que la bacanal no sea consentida". Pero, sobre todo, puntualiza, "me gustaría decir que en un contexto de una sociedad igualitaria esa imagen me parece estupenda si una mujer quiere disfrutar del sexo con doscientos hombres está en su derecho; si una mujer quiere desnudarse está en su derecho". La cuestión es, subraya, "si esas mujeres están o no en la posición de poder decir no". En este sentido, Arias lanza una pregunta al aire: "¿Desnudarse supone una invitación a una barra libre al manoseo?".
Un sondeo rápido y nada científico a pie de calle muestra que hay división de opiniones. Algunos chicos opinan que las mozas (guiris o autóctonas) no solo eran "libres" de hacer lo que estaban haciendo, sino que además "estaban disfrutando" del sobeteo sanferminero. Por contra, la mayoría del sector femenino considera la situación aberrante y una agresión sexual con mayúsculas.
Según esta experta, la raíz de este y otro tipo de conductas bizarras hay que buscarla en que "vivimos en una sociedad desigual y profundamente machista". No se trata de una respuesta de manual feminista porque, según recuerda, en Sanfermines "hay tres violaciones de media". Para Arias esta realidad merece una reflexión, ya que "cuando esa guiri se baje de allí y esté en un bar, se encuentre con un chico y ese chico quiera con ella y ella no quiera, ese chico no va a encajar bien ese no".
El domingo pasado, Iruñea y sus visitantes se desanudaron el pañuelico hasta los Sanfermines del año que viene. Atrás han dejado horas de fiesta en familia o con la cuadrilla, almuerzos en las peñas, encierros, visitas al morenico, noches triunfales y mañanas de resaca… Y este año también siete denuncias contra la libertad sexual, según la Policía Municipal de la capital navarra. En el balance de las fiestas, el alcalde de la ciudad, Enrique Maya, afirmó: "Ha habido siete agresiones, pero no violaciones y fuera del marco de la fiesta".
Lo que la estadística oculta
"No son cosas de la fiesta"
Estas declaraciones del regidor que ordenó retrasar 18 minutos el txupinazo por el despliegue de una superikurriña en la plaza han indignado a los colectivos de mujeres de la ciudad, acostumbradas al desapego institucional con la violencia machista. "¿Qué quiere decir Maya, que si no hay penetración o asesinato no debemos de preocuparnos?", se pregunta Tere Sáez, técnica de igualdad del Ayuntamiento de Lizarra y coordinadora de la Asociación Andrea. Para Sáez y el colectivo Lunes lilas, las palabras de Maya "están en consonancia con el comportamiento que mantuvieron intentando prohibir el teatro y actos de recuerdo a Nagore Laffage [asesinada en los Sanfermines de 2008] y de prevención de violencia de género, organizado por Lunes lilas". Según Sáez, las medidas adoptadas contra la violencia sexista "han llegado tarde y son pocas" y la posición del Consistorio iruindarra "sigue siendo timorata y casi de negar la existencia de agresiones y violaciones en las fiestas".
Parece que la combinación de alcohol, calor y la desinhibición consustancial a las fiestas populares crean un terreno abonado para que se produzcan agresiones machistas que, en la mayoría de las ocasiones, no aparecen en las estadísticas policiales ya que no se denuncian. En otros casos, las víctimas no identifican como acoso situaciones que sí lo son y las dejan pasar entendiendo que "son cosas de la fiesta", asegura Karmele Andrés, del Centro Asesor de la Mujer de Barakaldo (Argitan). En la misma línea, Arias añade: "Existe una falsa idea de que una agresión sexual solo pasa por yacer tendida en el suelo cubierta de sangre. Las agresiones sexuales no son solo una violación, abarcan mucho más, son incontables". Desde su experiencia profesional, muchas de las agresiones se pierden porque "¿dónde vas a denunciar? Denunciar una agresión no es fácil para la mujer porque aún existe un gran prejuicio social y parece que eres culpable de la agresión", explica Arias.
Media docena de testimonios de chicas que han sido acosadas en fiestas corroboran esta realidad. Es el caso de Andrea, una ingeniera de 32 años de Bilbao, que sabe qué es sufrir una agresión en el recinto de las txosnas de Aste Nagusia. "Estaba en jaiak de Bilbo, esperando en la cola del baño, llegó una cuadrilla de chicos, uno comenta algo sobre mí y varios de ellos me empujan al baño con su amigo y nos encierran; pataleo y grito. Pasado un rato me abren y me llaman ¡histérica!", recuerda. Casos como el de Andrea no acaban en una comisaría.
El año pasado en Aste Nagusia se registraron seis casos de violencia sexista y se interpusieron tres denuncias por agresiones sexuales en el recinto festivo, según el Ayuntamiento bilbaino. Los ayuntamientos de Donostia y Gasteiz han declinado ofrecer datos. Según informa Iñaki Kerejeta, en 2012 no se produjo ninguna denuncia por agresión sexual en las fiestas de Baiona, lo que fue celebrado como un triunfo del sistema de seguridad por los agentes institucionales. "Rien de moche" (Nada feo), dijo la fiscal Anne Kayanakis deleitando los oídos del alcalde Jean Grenet. En anteriores ediciones, las violaciones tiñeron la fiesta de tragedia. En 2005 se perpetraron 5 violaciones; en 2006, otras 5; en 2007 hubo 2; en 2011, al menos 3. Las víctimas fueron casi siempre chicas jóvenes, muchas menores de edad. Los violadores emplearon una droga para someter a sus víctimas en las 5 violaciones del 2006, unas gotas que se diluyen en la bebida y desinhiben el comportamiento sexual de la víctima para acabar anestesiándole el cerebro y produciéndole una amnesia temporal. Despertaron con dolores vaginales sin poder recordar que las habían violado.
En las txosnas o en los bares
"Se fueron entre risas"
Muchas mujeres han vivido en primera persona un caso de acoso y ponen voz a lo que las cifras oficiales velan. Hay quienes como Ane, socióloga de 30 años, han padecido al típico baboso que, alentado por el grupo, se hace el sueco cuando una chica le dice que no. "Tenía 27 años y fue en fiestas de Bilbao. Un grupo de tres chavales de mi misma edad me rodeó, empezó a decirme cosas del tipo guapa, qué buena estás. Y no es solo lo que te dicen, sino cómo te miran, lo fuertes que se sienten en grupo. Yo me aparté, pero vinieron otra vez y siguieron con su retahíla. De repente, uno de ellos me pasó el brazo por la cintura y me apretó contra él. Le empujé y un amigo, al verlo, se encaró y se fueron entre risas".
Las camareras también son víctimas propiciatorias de muchos hombres que, con el alcohol como excusa, van mucho más allá de lo que su condición de cliente y el decoro permiten. Sandra de 35 años, dependienta de Bermeo, recuerda así un episodio que le ha marcado. "Tenía 25 años, trabajaba como camarera en un bar en Santurtzi. Llevaba varios años, por lo que conocía de sobra la clientela habitual", afirma. "En una celebración del pueblo, un cliente conocido y muy bebido comenzó a intentar llamar mi atención piropeándome, o sea, oye morena, tía buena! Ven aquí! …", relata.
"Como no le hacía caso me agarró por los brazos, tuve que tirar y le dije de malas maneras que me dejara en paz y me fui a la otra punta de la barra. Pero cuando me di la vuelta, estaba detrás, me sujetó por los codos, me forzó a arrimarme contra él, mientras me repetía: Venga tía, solo un besito y me voy. Únicamente pude apartar mi cara de su cara sudada mientras intentaba que me soltara y que saliera de dentro de la barra", afirma. Y cuando creía que todo había pasado, al día siguiente llegó lo que más le dolió: "Cuando se lo conté a mi jefe y no le dedicó ni un minuto antes de responder: Son cosas del alcohol y las fiestas. ¡No te lo tomes a la tremenda!".
De camino a casa, un 'punto negro'
"No voy con cascos por la noche"
Uno de los puntos críticos en los que las mujeres están más expuestas y son más vulnerables es el camino de vuelta a casa después de haber estado de jarana y, en ocasiones, los reflejos fallan. Más de una y de dos se han llevado un susto desagradable, como Miren, una gernikarra de 25 años. "Una noche, cuando tenía 22 años, volvía a casa sobre las seis de la mañana después de haber salido de fiesta con mis amigos. Caminaba sola, ebria y con cascos, escuchando música". Al llegar a su calle miró hacia atrás y vio que había un hombre a unos 25 metros pero no le dio importancia. "Me detuve frente al portal de mi casa para encontrar las llaves. El hombre entró detrás de mí sin que yo lo viera, se abalanzó sobre mí y comenzó a manosearme mientras me subía el vestido que llevaba puesto". "Instintivamente", recuerda, "le empujé con todas mis fuerzas y grité lo primero que me vino a la cabeza: ¿Qué haces, hijo de puta?".
Esta chavala confiesa que al final tuvo suerte porque "el hombre huyó amedrentado". Ni siquiera tuvo tiempo de verle la cara. "Decidí tomármelo como un desagradable susto y no lo denuncié", comenta Miren. A día de hoy, explica que sigue volviendo sola a casa sin miedo pero "ya no me confío tanto. Entre otras medidas no escucho música mientras camino sola de noche y me aseguro de que la puerta se cierre detrás de mí", dice. "He pensado muchas veces en ello, y creo firmemente que aquel hombre no quería violarme, porque en tal caso nada le habría detenido". Por eso le preocupan "los valores retrógrados que se transmiten en esta supuesta sociedad avanzada" en la que la mujer "sigue viéndose como un objeto sexual y cualquiera de sus movimientos o acciones se interpretan como una provocación", dice. "¿Cuál de mis inocuos gestos fue entendido como una invitación a avasallarme de esa forma en su enfermiza mente?", se pregunta Miren.
En la intimidad del dormitorio
"Me forzó violentamente"
Y si la fiesta acaba en casa, la línea del no femenino se puede llegar a diluir por completo ya que el mero hecho de franquear la puerta del dormitorio supone para algunos una patente de corso que legitima todo. Todo lo que ellos quieren. Nerea, una publicista de 37 años, resume así la violación consumada, nunca denunciada y que ha marcado buena parte de sus posteriores relaciones con los chicos. "Acababa de aprobar la carrera, salimos a celebrarlo, me fui con un tipo a casa de una colega. Una vez en faena, yo no quería penetración. Primero aceptó guay, lo estábamos pasando bien, el insistió, yo le repetí que no quería penetración, se mosqueó, forcejeamos, me rendí porque no podía con su fuerza, me forzó violentamente [...] Me premió con un beso en la frente, se puso los calzoncillos, los pantalones y se fue. Nunca lo denuncié porque me sentía culpable. Hoy ya no. ¿Y qué le dices al policía? [...] ¿Que por qué lo digo públicamente ahora? Porque me lo has preguntado, porque eres mi amiga, porque ya lo sabías y porque si mi testimonio de que el no de una tía en un bar, en las txosnas o en la cama es un no sirve de ejemplo para alguien, eso que nos habremos llevado por delante con todo esto".

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